Identificación y gestión de los mecanismos de defensa en la práctica docente

¿Cuántas veces hemos reaccionado de manera brusca porque nos hemos sentido atacados? De hecho, parece que cada vez tengamos la piel más fina, el ego más frágil. El estar ‘a la defensiva’ es un comportamiento muy común y que suele ser el origen de muchos problemas y malentendidos hacia los demás y hacia nosotros mismos. Lacan distinguía, es bien sabido, entre la realidad y lo real. Como lo real es inaccesible, nuestra percepción de la realidad no es siempre la que perciben los demás. Estar a la defensiva es un mecanismo de reacción ante estas percepciones de la realidad. El estar ‘a la defensiva’ empieza en la niñez; pero se desarrolla en su plenitud durante la adolescencia, es decir, durante la etapa de secundaria y el bachillerato. Por eso es necesario conocerlos y tenerlos en cuenta a la hora de gestionar el aula, ya que el castigo o comentarios negativos pueden afectar de manera irremediable a nuestros alumnos. Me pareció entonces interesante indagar en los mecanismos de defensa estudiados por Anna Freud para luego aplicarlos en la práctica docente.

Permanecer ‘a la defensiva’ nos lleva a culpar sin hechos fundados, a oír críticas razonables como ataques personales crueles afectando así a nuestra autoestima. Asimismo, el sarcasmo y la ironía se llegan a convertir en una alternativa a la sinceridad y a veces pueden conducir a la violencia verbal. Por esta razón, es necesario identificar correctamente los mecanismos de defensa de los alumnos y saber cómo reaccionar ante ellos.

Anna Freud estudió minuciosamente los mecanismos de defensa en los niños. Estos mecanismos aumentan en la adolescencia y en la etapa adulta si el entorno reacciona negativamente o ignora dichos mecanismos. Todos y cada uno de nosotros los utilizamos para proteger nuestro ego que, en el fondo, sufre de una falta de autoestima. En clase, siempre nos encontraremos con alumnos desafiantes que se crecen ante el conflicto, con lo cual, en vez de intentar dominarlos con castigos y restricciones, sería beneficioso para ambas partes, observar con detenimiento y calma dichos mecanismos de defensa.

Defenderse no suena en absoluto como algo perjudicial si no como algo necesario para nuestra supervivencia, ¿verdad?

Sin embargo, si bien nos protegemos a corto plazo, a largo plazo nos puede afectar nuestras capacidades para lidiar con la realidad que nos rodea. Estas capacidades se ven entonces mermadas y por lo tanto un exceso de protección frena drásticamente nuestro desarrollo personal y nuestro camino hacia la madurez.

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En mis ocho años como docente he podido constatar que son cuatro los mecanismos de defensa más habituales: la proyección, la negación la regresión y la inhibición. Estos serán nombrados, definidos e ilustrados con ejemplos reales que he podido encontrar a lo largo de mi carrera como docente.

Proyección:

El mecanismo de proyección implica el identificar un sentimiento negativo sin asumirlo, más bien proyectándolo hacia otra persona. Este mecanismo de defensa es mucho más común de lo que uno cree. En mi primer año como tutora, le pedí a una alumna que nos reuniéramos a hablar durante la hora de atención individual. Pude percibir como le cambiaba la cara y enmudecía. Al final de nuestra entrevista le pregunté por qué había tenido esta reacción. Me contestó que su primera intuición había sido la de imaginar que las pruebas diagnósticas de principio de curso habían salido mal o que hubiera descubierto que había aprobado la ESO con dos asignaturas pendientes y eso le hacía pensar que la etapa de bachillerato sería difícil para ella. Le expliqué que era el principio de curso, quería tener una primera toma de contacto con todos mis alumnos y había decidido empezar por la mitad de la lista por cambiar. Sin embargo, ella se había creado una serie de expectativas desde el temor acerca de la entrevista y hacia mi persona. Se había forjado una imagen de mi como un elemento represor y no como una tutora que intenta ayudar. Todas las emociones tales como el miedo y la ira provenían única y exclusivamente de ella y lo había proyectado en mí.

Negación:

La negación como mecanismo de defensa consiste en no admitir que existe un problema. Si las otras personas, padres y/o educadores, nos intentan hacer abrir los ojos acerca de una adicción, de un trastorno alimenticio o una posible depresión, por ejemplo, tendremos una reacción agresiva de rechazo y una tendencia a alejarnos de esas personas. El mecanismo de supervivencia inmediata – el instinto de sentirse bien sobre sí mismo – consiste en negarse a reconocer que hay un problema porque admitirlo significaría que vamos a tener que hacer una serie de cambios difíciles y complicados de lograr. Pero la negación se obtiene en la forma de hacer frente  al problema a largo plazo. Este dato es esencial ya que es necesario empatizar con esa persona y darle a entender que el proceso será largo y costoso pero que contará con toda la ayuda posible. Un alumno empezó a ausentarse de clase alegando que estaba enfermo pero pasaban las semanas y no volvía a clase. Cuando conseguí dar con él después de  varias llamadas, le dije que no iba a reñirle por no venir si no que quería saber por qué no quería volver a clase con sus compañeros. Finalmente, descubrimos, el equipo docente y yo, que se trataba de un caso de cyberbullying que siguió negando y negando pero conseguimos solucionar con destreza gracias a la coordinación del profesorado del centro, la policía, los padres y él.

Regresión:

Hoy en día la escolaridad se ha convertido en la tarea esencial de los niños: se pide en primer lugar a un niño trabajar bien en la escuela, se le pregunta qué ha aprendido y nunca si se lo ha pasado bien, como si la escuela no pudieras ser un lugar placentero. El trabajo escolar se ha convertido en su fuente de reconocimiento más importante, por no decir la única. El fracaso escolar afecta así directamente la autoestima de nuestros alumnos. La tentación a la regresión es la respuesta más banal ante todo sufrimiento. Los niños y adolescentes demuestran a menudo ante el fracaso un infantilismo exagerado, de una propensión a solicitar el adulto, o a enmudecer y dejar de comunicarse. Se aprende para crecer, para progresar, y no ciertamente para disminuir. Durante una clase de inglés en primero de la ESO, un alumno que habitualmente se sentaba delante, decidió aislarse colocándose al final de la clase. Se quedó de pie y cuando un compañero le entregó la ficha que estaba repartiendo a toda la clase, la tiró al suelo. Me acerqué para preguntarle qué le pasaba y me contestó con gruñidos y moviendo lateralmente la cabeza como si hubiera perdido el habla. Decidí sacarlo de la clase y esperar a que se sintiera cómodo para expresarse. Entre balbuceos y gruñidos, empezó a expresarse cada vez mejor y tomar mayor confianza. Confesó unos problemas familiares graves que tuvieron que estudiar detenidamente el departamento de orientación y Servicios Sociales para descartar la posibilidad de que se tratara de malos tratos. Si en vez de acercarme y preguntarle individualmente, hubiera entendido esta reacción como un desafío a mi autoridad como docente, seguramente este problema no hubiera salido a la luz.teens-mecanismos-de-defensa

Inhibición:

Después de identificar los mecanismos de defensa, lo ideal es gestionar la situación de una manera flexible e individualizada sin dejar de contar con la colaboración de los especialistas y profesionales. Tales actitudes deben romperse, con todas las prudencias necesarias, para instaurar una verdadera actitud de aprendizaje. Un trabajo metodológico y metacognitivo es aquí indispensable. La inhibición, cuando es reactiva, consiste en no invertir esfuerzo en las actividades  propuestas por miedo a ser decepcionantes o hirientes. En un punto extremo, la inhibición se generaliza y afecta todas las grandes funciones de la persona: su capacidad intelectual, por supuesto, cuando se trata de fracaso escolar y también su capacidad para relacionarse (repliegue sobre sí mismo, timidez, mutismo), o incluso la función motriz y la función perceptiva. Esto podría desembocar en una explosión o una implosión de la estructura de la personalidad: psicosis, depresión, debilitamiento. Más generalmente, la inhibición es muy frecuente durante la segunda infancia y la adolescencia, sigue siendo sectorial y permite entonces desplazamientos u otras formas de compensación. A nivel psicopedagógico, la inhibición requiere comprensión y prudencia por parte del equipo docente. Es necesario tomar conciencia del carácter defensivo de la inhibición. Más que cualquier otro mecanismo de defensa, la inhibición es, casi desnuda, una defensa contra lo que se hace mal o más bien contra lo que corre el riesgo de hacerse mal. Es necesario percibir la inhibición como el gesto defensivo casi reflejo de un niño maltratado que oculta su cabeza bajo su brazo cuando cualquier adulto se acerca él. Es necesario, pues, adoptar absolutamente la postura opuesta: pedir tranquilamente, progresivamente, saber esperar, saber respetar las reticencias del alumno y darle prueba que se le entiende. Aplicado al fracaso escolar, este mecanismo hace que el alumno está convencido que si falla que siempre fallará. El blindaje defensivo, tiene por inconveniente eliminar el resorte emocional del esfuerzo escolar, o incluso de todo esfuerzo de desarrollo. Este mecanismo es muy difícil de dirigir pedagógicamente.

Esta es la razón por la que el profesor, especializado o no, debe sobre todo saber respetar los mecanismos de defensa de sus alumnos, vitales para ellos, so pena de desencadenar catástrofes, aunque es queriendo de toda buena fe actuar para el bien del adolescente. La norma psico-pedagogía esencial es no chocar contra estos, por muy doloroso que le resulte a veces al profesor, ya que a veces el ejercicio de autoridad puede llegar a invalidarlo.

Se trata más bien de tener en cuenta los equilibrios psíquicos precarios de estos niños. En ocasiones intercambian los beneficios psíquicos por estos mecanismos defensivos que son sustituidos por otras satisfacciones. Por tanto el punto de vista sobre su calificación, y vida escolar debe variarse y tener en cuenta sus necesidades en ese momento. Sobre este último punto, es necesario por otra parte dar a entender que una nota no les define como persona, que no es una etiqueta que marca su precio.

Personalmente me gusta retomar una frase muy conocida ‘Labels are for jars, not for people’ (Las etiquetas son para los botes, no para las personas). Estos problemas complejos requieren, en general, de una gestión delicada, flexible y muy individualizada en la relación del docente con cada uno de sus alumnos. Entiendo que pueda resultar difícil poder atender adecuadamente a los treinta alumnos que se tiene en el aula, y pensar en como actuar frente a los mecanismos de defensa. Pero si no los tenemos en cuenta, nuestra tarea como docente puede tener un impacto más negativo que positivo en su crecimiento personal. Las notas no debería determinar el fracaso escolar, si no más bien servir como guía para poder alertarnos de posibles problemas y evitar futuros traumas.

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