Trabajar las emociones de la envidia y del placer

Desde una edad muy temprana, nuestros alumnos se ven en la difícil tesitura de escoger optativas y modalidades que pueden condicionar su futuro. Personalmente, escogí la modalidad científica para poder estudiar ingeniería de Medio Ambiente, luego entré en la carrera de Administración y Dirección de Empresas para finalmente realizar los estudios de Filología. Durante años mi prioridad era estudiar algo que me condujera hacia un supuesto éxito profesional en vez de pensar en mi vocación real, en lo que realmente me gustaba. Ya lo decía Confucio: ‘elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida’. Siempre me he preguntado el porqué de tantas vueltas y cómo podía ayudar a mis alumnos de Bachillerato a escoger su propio camino.

Encontré una respuesta en la educación emocional y en la teoría de la neurocognición. Combinando ambas, pude proporcionar un asesoramiento mejor sin imponer mi opinión personal dejando a cada uno que descubriera su verdadero potencial.

De hecho, nuestros cerebros son capaces de interpretar y entender por sí mismos. Según este principio básico de la neurocognición, ya tenemos la respuesta a lo que no sabemos aparentemente responder. Es decir, nuestras conexiones neuronales recopilan recuerdos asociados al placer que, en los momentos en los que se plantea una decisión esencial, serán fundamentales para elegir entre todas las opciones. Según esto, no nos decantaríamos por la opción más racional, sino que nos decidiríamos por aquella que se asocie a ese recuerdo de placer, a menudo almacenado desde la infancia. Una buena pregunta que deberíamos hacernos todos como punto de partida para encontrar estos recuerdos de placer sería: ‘¿Con qué disfrutabas más cuando eras niño? ¿Todavía experimentas lo mismo?’ Si la respuesta es negativa, sería necesario replantearnos nuestra posición ante esa situación en la que hemos tenido que elegir. Una vida plena y una carrera profesional apasionante solo se consiguen a través del reflejo adulto de nuestras aficiones y sensaciones infantiles.

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Este orden de cosas nos lleva a replantearnos también la relación entre las preguntas posibles que podemos hacernos para llegar a una decisión. Si por un lado lanzábamos la pregunta que nos vincula con esos recuerdos primeros de la infancia, ahora la cuestión se dirige hacia la jerarquía, según su importancia, de las mismas preguntas posibles. No podemos sentarnos y simplemente preguntarnos lo que queremos hacer con nuestro futuro de la misma manera que podríamos preguntarnos qué nos apetece para comer hoy. La falta de lógica en la secuencia de la pregunta podría llevarnos, por ejemplo, a las siguientes afirmaciones: “quiero ganar mucho y trabajar poco” o “quiero un trabajo que sea importante para la sociedad” o “quiero hacer algo creativo” o “no quiero regalar mi vida a una empresa”.

Esas aspiraciones pueden ser socialmente razonables, pero también son peligrosas por su vaguedad. La perspectiva de tener que construir una carrera sobre esos cimientos puede inducir fácilmente al pánico puesto que nos aleja de la pregunta inicial, incluso de ese recuerdo placentero. Así pues olvidar la pregunta, contestar las preguntas de los otros siguiendo los intereses de los otros nos hace incapaces de tener un plan propio. Rápidamente quedamos a merced de los planes de otros. Es muy común que releguemos la responsabilidad de nuestras decisiones en padres y/o educadores. De igual modo, estos también pueden ejercer una cierta presión para  que el estudiante escoja su camino, pensando que obran por su bien. A menudo, nuestras aspiraciones profesionales se ven sujetas a tres condicionantes: la esperanza que nuestros padres ponen en nosotros, lo que el mundo espera de nosotros y lo que realmente nos gusta hacer en todo momento. Este último puede fácilmente verse relegado a un segundo plano al priorizar las expectativas que creemos que tienen los demás de nosotros. Sin embargo, es necesario explicar a los alumnos que si no prestan atención, si no dejan cabida a su pasión esto les puede llevar a convertirse en algo que les es ajeno o que les disgusta. Podrían estudiar y trabajar para agradar a familiares o complacer a una sociedad que los percibe de como piezas de un puzzle totalmente prescindibles para la imagen global. Hace poco leí un post en las redes sociales una carta que un director de Singapur envió a los padres de los alumnos de su escuela:

“RECORDATORIO A TODOS LOS PADRES:

Un director de la escuela en Singapur envió esta carta a los padres antes de los exámenes…

Queridos padres, los exámenes de sus hijos han de comenzar pronto. Sé que están todos muy ansiosos por el desempeño de sus hijos. Pero, por favor, recuerden, que entre los estudiantes, que va a estar sentados para contestar los exámenes, habrá un artista, que no necesita comprender las matemáticas. Hay un empresario, que no se preocupa por la historia o la literatura. Hay un músico, cuyas calificaciones de química no importan. Hay un deportista, cuya aptitud física es más importante que cualquier otra materia. Si su hijo no consigue la máxima puntuación, eso será genial. Por favor, que eso no les quite su confianza en sí mismos ni su dignidad. ¡Díganles que está bien, es sólo un examen! Ellos están hechos para cosas mucho más grandes en la vida. Díganles que, no importa la calificación, que los aman y no los juzgan. Por favor hagan esto y vean a sus hijos conquistar el mundo. Que un examen o una calificación baja no les quite sus sueños y su talento. Y por favor, no crean que los médicos y los ingenieros son las únicas personas felices en el mundo.”

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Antes de dejarnos llevar por influencias externas, sería beneficioso hacer conscientes a los alumnos de que necesitamos un tiempo de reflexión y que siempre estamos a tiempo de recapacitar, que cambiar de parecer no es motivo de vergüenza si no de valentía. Simplemente estamos en un momento delicado durante el cual necesitamos introspección y calma. Nuestras mentes no entregan respuestas a preguntas directas con facilidad. Solo hay que dejar algo de margen y tener paciencia.

Como no hemos sido entrenados en el arte de recopilar e interpretar nuestras experiencias carecemos de la competencia para identificar nuestras emociones. Muchas veces esa información que nos transmite cada emoción está en nuestro interior pero no la reconocemos, no somos capaces de interpretarlas. ¿Qué es lo que hace que una ciudad sea bonita para cada uno? ¿Por qué siento que estoy perdiendo mi tiempo? ¿Cuál será mi verdadera vocación? Las preguntas pueden parecer abrumadoras, pero nosotros ya tenemos las respuestas – para todo albergamos, en algún lugar de nuestra memoria, recuerdos de bienestar de cuando caminamos por las calles de algún lugar, o conversar alrededor de una mesa llena de amigos. Nuestra creencia de que no sabemos por qué son confortables esas situaciones es tan sólo una tendencia sistemática a subestimar nuestras propias capacidades. En su lugar, desde el miedo y la costumbre, nos apartamos de la exploración interior. Sospechamos que nuestras impresiones cotidianas no hacen justicia a la realidad que queremos expresar. Sentimos que nuestros verdaderos sentimientos  están escondidos en algún lugar de enredos previo a su verbalización, tenemos la esperanza de que nuestro interlocutor podrá solucionar por nosotros nuestro dilema congestivo. Ante la pregunta que se plantea todo alumno a la hora de elegir un futuro, una carrera profesional, su lugar como ciudadanos de este mundo, debemos trasmitir la confianza suficiente en sí mismos como para creer que gran parte de la respuesta ya están en nosotros. La cuestión subyacente a la hora de elegir un trabajo, es una cuestión sobre el trabajo que podemos amar, por lo tanto necesitamos conocer mucho sobre lo que nos gusta antes de avanzar demasiado rápido sobre la planificación de un plan de carrera.

Balzac quedó fascinado por el carácter humano, y en particular, por cómo se mueven las personas y las expresiones que exhiben cosas claves sobre su personalidad. Con este tema, se convirtió en un observador constante de las costumbres de la gente que vio en las calles de París. Pero Balzac nunca se describía a sí mismo. Aunque esta preocupación podría ser localizada, él fracasó en una tarea en la que fracasamos todos. También tenemos que captar y analizar nuestras sensaciones y no solo la de los demás para realmente para existir y encontrar nuestro lugar en el mundo. Un profesor del instituto en el que estudié, Monsieur Dacheux, nos dijo durante una clase de ciencias naturales una frase que me marcó y que desde entonces he repetido en innumerables ocasiones: “todos los seres humanos somos originales y funcionales”, realzar nuestra originalidad y encontrar nuestra función en el engranaje social nos convertirá en adultos felices y satisfechos con la vida.

Hay un siguiente paso. De hecho, debidamente gestionados, nuestros sentimientos pueden llevarnos hacia una carrera que no tiene nada que ver con lo que planeamos inicialmente. No debemos apresurarnos a sacar conclusiones como “quiero ser escritor” o “maestro”, sino aferrarnos durante tanto tiempo como sea posible a los placeres que los trabajos contienen, capturado por palabras como: liderazgo, cambio, calma, espíritu de equipo, etc. Un buen ejercicio práctico sería ordenar, por orden de prioridades las palabras ‘dinero’, ‘creatividad’, ‘prestigio’, ‘libertad’, ’facilidad’ y ‘compañeros’ para luego comparar con los resultados de los demás compañeros y generar un debate constructivo.

No es sólo la sensación de placer la que nos da pistas para el futuro. La envidia también es vital, una guía. La vergüenza es una respuesta natural a los sentimientos de envidia. Sin embargo, sentirse avergonzado por nuestra envidia es algo normal, y la sociedad nos amina a reprimirla. Mientras que la envidia es incómoda, enfrentarse a esta emoción es un requisito indispensable para determinar una trayectoria; la envidia es una llamada a la acción que debe ser escuchada, que contienen indescifrables mensajes enviados por muy confusos que sean. En lugar de intentar reprimir nuestra envidia, deberíamos hacer todo lo posible para estudiarla. Cada persona que nos envidia posee una pieza del rompecabezas que representan nuestro futuro posible. Hay un retrato de un auténtico “yo” detrás de la envidia por los movimientos de la carrera profesional de antiguos compañeros de clase que nos llegan a través de reencuentros o las redes sociales. En lugar de ejecutarse desde la represión, o la incomprensión, deberíamos tranquilamente preguntarnos: “¿Qué puedo aprender con esto?”.

Empezamos a envidiar a ciertas personas en su totalidad, cuando en realidad, si tomamos un momento para analizar sus vidas nos daríamos cuenta que se trata sólo de una pequeña parte de lo que habían hecho que realmente resuena con nosotros, y que deben guiar nuestros pasos. Quizá no podamos realmente ser un famoso escritor de novelas y, sin embargo, es posible que necesitemos en nuestra vida laboral un poco más de ocio y de curiosidad por lo que hacemos. Debemos aprender a desentrañar ideas ocultas en aparentemente minúsculos movimientos de satisfacción y angustia dispersos a través de nuestras vidas. Empezamos a apreciar que nuestra carrera va a tomar tiempo, que tiene muchas etapas, que el alcance de una respuesta inmediata puede retrasarse- y que da muchas vueltas, que un oficio no nos define ni nos reprime de por vida. Uno puede ser un arquitecto que sea más feliz conduciendo camiones que dibujando casas, y no hay nada de malo en ello.

En definitiva, aprender a reconocer la información cognitiva de nuestras emociones es fundamental para poder elegir en situaciones importantes de nuestra vida. En este artículo nos hemos centrado en el reconocimiento de un placer original infantil que guarda nuestro cerebro como una fuente de información vital para nuestras futuras decisiones. También hemos mostrado la importancia de una emoción aparentemente negativa, la envidia, que además se sitúa en un plano muy alejado del que podemos ubicar ese placer. Al igual que podemos reconocer la información del recuerdo placentero, también podemos hacerlo con la envidia; las dos emociones nos piden que escuchemos qué hay de nosotros detrás de ellas.

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